La ansiedad: ¿aliada o enemiga?

La ansiedad es una reacción de nuestra especie que nos ha protegido ante situaciones de peligro. Si anticipamos situaciones, podemos evitar problemas.

Con el transcurso del tiempo, los riesgos fueron cambiando, pero la ansiedad nos sigue protegiendo en determinadas situaciones. ¿Qué sucede cuando este cómplice se transforma en un enemigo?

Sociedad ansiosa

Si cierras los ojos unos segundos, seguramente se te vendrá a la mente al menos un familiar, amigo o conocido que tenga ansiedad. Esto no es casual, ya que según la OMS (Organización Mundial de la Salud), más de 260 millones de personas en todo el mundo la sufren.  Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de ansiedad?

Nuestra aliada histórica

Una de las primeras cosas que debemos entender es que la ansiedad no es un completo enemigo para nosotros, los seres humanos. De hecho, es una respuesta saludable y deseable de nuestra mente y nuestro organismo ante situaciones de riesgo o estrés.

A nuestros ancestros, la ansiedad les servía para no ser devorados por animales salvajes. Al imaginar posibles riesgos, se preparaban de antemano para pelear o huir, según fuera necesario. Gracias a esto, sobrevivieron y lograron que prosperara nuestra especie.

Caras positivas de la ansiedad

Recuerda las veces que te sentiste inquieto antes de un examen, una entrevista de trabajo, una cita o un viaje muy esperado. ¿Qué señales te daba tu cuerpo?

Es probable que te sudaran las manos o el cuello, que sintieras tus músculos tensionados o que tu corazón latiera más rápido. Con estos síntomas, tu cuerpo traducía una señal de tu mente que podríamos resumir así: “situación nueva, desconocida o peligrosa a la vista”.

Todos experimentamos momentos parecidos a estos en nuestra vida y es sano que suceda de este modo. Incluso podemos decir que la ansiedad presenta algunos usos prácticos.

Por ejemplo, si estamos pendientes de posibles errores o resultados negativos en nuestro trabajo, podemos transformarnos en personas más responsables.

La ansiedad también puede funcionar como motivación. La preocupación y nerviosismo que sentimos ante un plazo que cumplir (en el trabajo, en la universidad, en la escuela) puede facilitar la concentración y ayudarnos a finalizar tareas en los tiempos estipulados.

Vemos entonces que si la ansiedad se presenta ocasionalmente, no debe preocuparnos. Es parte del funcionamiento neurológico habitual de todos los seres humanos.

Ahora, ¿cuándo decimos que se transforma en un problema?

Nuestra limitación

Dijimos que la ansiedad nos protege, poniéndonos en alerta ante situaciones novedosas. Pero ¿qué pasa si las sensaciones de miedo, preocupación intensa, o temor se extienden en el tiempo y aparecen sin causas aparentes? En este caso, la sensación descrita deja de ser útil. En lugar de ayudarnos a anticipar e idear alternativas de acción, nos genera distracción y sufrimiento. Esto hace que nuestra calidad de vida disminuya, ya que la ansiedad no nos está permitiendo disfrutar de nuestro día a día.

Imaginemos una persona que siente que se va a morir aunque su vida no esté en riesgo. O, por ejemplo, otro individuo que, estando de vacaciones, se siente ansioso por las decisiones que sus compañeros están tomando en su trabajo durante su ausencia.  

En ese caso, es probable que nos encontremos ante algún trastorno de ansiedad. Hay ciertos síntomas que pueden indicar que estamos transitando esta problemática:

  • Nerviosismo y agitación
  • Sentimientos de peligro próximo
  • Aumento de la frecuencia cardiaca
  • Sudoración
  • Temblores
  • Insomnio
  • Problemas gastrointestinales
  • Tensión muscular
  • Dificultad para concentrarse
  • Fatiga
  • Irritabilidad

Si experimentamos uno o varios de estos síntomas de manera sostenida y en todas las situaciones de la vida diaria, es importante recurrir a la ayuda de un profesional en el área.

¿Por qué tan ansiosos?

Es muy posible que te estés preguntando por qué tanta gente sufre de ansiedad. Si bien no es posible generalizar, las causas pueden hallarse en la combinación de algunos de estos factores:

  1. Genética: componentes hereditarios.
  2. Eventos vitales: experiencias vividas, acontecimientos traumáticos.
  3. Personalidad.
  4. Desbalances químicos en el cerebro.

¿Cómo saber si tengo ansiedad?

Los listados de síntomas a veces parecen muy abstractos y lejanos, por eso no nos ayudan a definir lo que sentimos. Una buena alternativa para poder descubrir qué nos está sucediendo es tener una actitud autorreflexiva. Esto no se consigue de un día para el otro, por eso es importante incorporar ciertos hábitos. Una manera de analizarnos a nosotros mismos es hacernos, frecuentemente, las siguientes preguntas:

  • ¿Experimento una sensación de bienestar a diario?
  • ¿Cómo me siento en mi trabajo?
  • ¿Cómo me vinculo con los que me rodean?
  • Si tuviera que describirme en tres palabras, ¿cuáles elegiría?
  • ¿Tengo tiempo libre?
  • ¿Disfruto de mis ratos de ocio?
  • ¿Presto atención a las señales que da mi cuerpo?

Si las respuestas son negativas o describen situaciones poco agradables, tendremos una pauta de que algo no está funcionando bien en nosotros. En ese caso, podremos volver al listado de síntomas de los trastornos de ansiedad para revisar si nos identificamos con algunos de ellos.

Recuerda siempre que si esos síntomas se presentan de manera frecuente, intensa y cotidiana, puedes contar con la ayuda de un profesional.


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Publicado por Romina Labaton

Head of Clinical Services en Terapia Point