El amor: sanando nuestra vida afectiva

Cuando recibimos un paciente, sabemos que nos convocará a un nuevo desafío, ya que cada persona es única, como también lo es cada padecimiento. Aunque los motivos de consulta son muy diversos, todos tienen en común la angustia que le provocan al consultante.

El modo de resolver cada caso estará relacionado con las posibilidades y necesidades del paciente en ese momento en particular. Por lo tanto, nuestra primera tarea será buscar las herramientas apropiadas para uno de ellos. Aquí te contaremos uno de los caminos posibles para que puedas encontrar respuestas y mejorar tu calidad de vida.

¿Cuál es el origen de las carencias afectivas?

Comenzar a hablar y sentirse escuchado va a ir generando cierto alivio. De a poco, se va instalando la confianza en el espacio terapéutico, y el paciente comienza a entregarnos relatos de su historia. Algunos habían sido olvidados, otros lo llevan a lugares tan remotos como la propia infancia, ya que es allí donde suelen encontrarse las primeras carencias afectivas. Guiado por nuestras intervenciones, echa luz sobre aquellas situaciones no resueltas del pasado y surge la inevitable pregunta: ¿Qué tiene que ver lo que me sucede hoy con aquello tan lejano?

Las carencias afectivas no resueltas hacen que las personas sigan padeciendo a lo largo de su vida. Cuanto más tempranas son, mayor es la marca que dejan. Aquel bebé o niño de temprana edad que sufrió por amor de reconocimiento, amor de mirada, amor de abrazo, de sostén, de cuidado, de aceptación y respeto, sigue llorando hoy para que alguien lo escuche.

La falta de afecto en la adultez

¿Cómo y de qué forma re-aparecen estas carencias afectivas en la adultez?  En las consultas podemos escucharlas más o menos explícitas mediante frases como las siguientes:

  • “Siempre me enamoro de la persona equivocada”.
  • “Hice todo lo que me pedía y aún así me dejó por otro”.
  • “Mi jefe no valora mi esfuerzo”.
  • “Me fui porque mi familia no me entiende”.  
  • “Nadie me va a querer”.
  • “No me siento incluido en esta sociedad”.
  • “Me siento juzgado por todos”.
  • “Cuando me enamoro, sufro”.
  • “No puede ser que todos los jefes tengan algo de mi padre”.
  • “Vine en búsqueda de mi felicidad, pero extraño demasiado”

Todas estas frases tienen en común el hecho de presentar demandas de amor y reconocimiento insatisfechas. Aunque se refieren a situaciones diversas, atraviesan todas las edades, culturas y clases sociales, y producen pánico, ira, ansiedad, fobias o depresión.

¿Cómo puede ayudarme hacer terapia?

Reconocer esas heridas del pasado es el inicio de un viaje hacia la madurez emocional. Madurar no es otra cosa que dejar de negar la verdad que albergamos sin saberlo. Integrarla a tu propia historia te permitirá vencer las propias limitaciones afectivas en las que estás atrapado. Así, lograrás un nuevo modo de relacionarte que no esté condicionado por la marca que dejó el pasado. Podrás elegir de qué manera quieres vincularte con otros, sin querer saldar con ello vacíos de tu historia.

En terapia, además, podrás descubrir qué haces tú para que estas demandas de amor no sean satisfechas. Podrás comprender por qué repites estas situaciones que te llevan una y otra vez al mismo lugar de sufrimiento. Te proponemos, entonces, un espacio en el cual puedas bucear en tus miedos, en compañía de un profesional. Este te contendrá y te ayudará a traducir, tal como si fueran diferentes lenguas, aquello que quedó guardado en tu ser y hoy te sigue lastimando.

Resignificar aspectos de la propia historia te permitirá alcanzar un nuevo grado de libertad y una vida más plena, acorde al deseo que te habita.

La historia vivida no se puede cambiar, pero sí se puede cambiar tu mirada sobre ella. Esto te permitirá construir una nueva historia, la historia que deseas vivir.


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Publicado por Romina Labaton

Head of Clinical Services en Terapia Point