Migración: un desafío social y emocional

Es muy común que las personas se muevan para buscar mejores condiciones ante situaciones adversas.

Hoy en día, la precaria situación económica y social de muchos países lleva en ciertos casos a tomar la decisión de dejar atrás los lazos afectivos y sociales con la tierra madre, para empezar de nuevo en un territorio que ofrezca una alternativa más alentadora.

Foto por Anete Lūsiņa

Sin embargo, estas mejoras en la calidad de vida al llegar al nuevo destino, no se dan de forma inmediata.

La desinformación, el desempleo, la falta de vivienda estable y en ocasiones la dificultad en el idioma del país que los recibe, generan un sentimiento de desamparo y el riesgo de sentirse excluidos socialmente.

Es así como el entusiasmo inicial y la esperanza de un progreso puede verse opacada en el inicio de esta etapa.

Las diferencias culturales y de costumbres sociales se comienzan a evidenciar. El hecho de no sentirse identificado con ese nuevo entorno social provoca en muchos expatriados un profundo sentimiento de soledad.

Como terapeutas, nos llegan muchas consultas sobre estos temas: “No tengo con quien hablar los problemas que pasan en casa”. “No conozco a mis vecinos, somos todos de nacionalidades diferentes, y creo que no podría contar con ellos”. “Mi trabajo es muy inestable, me angustia saber que no llego a cubrir todos los gastos del mes”. “Dejé a mis padres en mi país de origen, los extraño y si bien hablo con ellos, no es lo mismo que tenerlos cerca”. “Me siento solo, no hago muchas actividades por fuera del trabajo”.

Las culturas latinas son las que más viven (o sufren) esta diferencia, ya que están acostumbrados a fuertes lazos familiares y grupales, que no siempre encuentran en el lugar de destino. “Acá cada uno vive en su mundo, siempre acelerados, pensando en sus propios problemas”. “No veo que la gente se reúna como yo solía hacer en mi país” comenta un paciente.  

Gradualmente, estas vivencias comienzan a manifestarse en el estado de ánimo. Suelen surgir problemas de sueño, irritabilidad, baja tolerancia a las situaciones de conflicto, tristeza y angustia. Otra forma de manifestarse es a través de sensación de nerviosismo, estados de alerta permanente e inseguridad.

La dificultad o imposibilidad para hablar de esto -para ponerlo en palabras- también puede generar el traslado de esta tensión al propio cuerpo como respuesta al estrés, apareciendo de este modo enfermedades que requieren de atención médica.

En terapia se logra un espacio de escucha y contención. A través de la orientación del terapeuta, el paciente puede ir descubriendo (o re-descubriendo) sus propios recursos para afrontar la crisis y lograr adaptarse a su nuevo entorno con más facilidad. Un punto clave de este desafío es trabajar la propia identidad y autoestima, que muchas veces se ve vulnerada en este proceso de ajustarse a una nueva vida sociocultural.

A medida que avanza la terapia, el paciente se va sintiendo más seguro de sí mismo y más preparado para abrirse al contacto con otros: comienza a participar en actividades sociales, realizar ejercicio físico o salidas de esparcimiento.

También desarrolla más recursos para tejer redes y así avanzar en la búsqueda de servicios de ayuda o asistencia, lugares donde muchas veces encuentra personas que están atravesando la misma situación.

Esta esperanza de cambio que se había opacado frente al impacto de la llegada al nuevo destino, vuelve a surgir. Con el apoyo social adecuado se hace posible retomar los proyectos laborales, mejorar los vínculos familiares y sociales, y en definitiva, superar el duelo del desarraigo.


Comienza terapia hoy

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Publicado por María Inés Delgado

Terapeuta de la red de Terapia Point. "Mi desafío no es solo alcanzar el alivio del paciente, sino acompañarlo para que logre mejorar su calidad de vida."