¿Tristeza o depresión? Una propuesta para diferenciarlas

Una pregunta que vale la pena hacerse es ¿qué diferencia a la tristeza de la depresión? A primera vista pueden parecer similares… ¿lo son?

El caso de Julián: un ejemplo de tristeza

Planteemos un ejemplo: Julián es fanático de un equipo deportivo que, luego de mucho tiempo sin tener un buen desempeño, está jugando la final del campeonato.

Lamentablemente su equipo pierde. Al salir del estadio, Julián nota que su ánimo ha decaído. Está tan concentrado en la derrota que nada le interesa ni le divierte, todo le parece gris.

Al llegar a su casa, tiene menos apetito. Por la noche, le cuesta conciliar el sueño, por lo que termina descansando menos de lo habitual.

Así continúa ese día y el próximo. A las personas de su entorno les cuesta interactuar con él ya que está irritable y con poca paciencia. Pasados unos días, sin embargo, recupera su buen ánimo, apetito y rutina de sueño habituales. Si bien recuerda la derrota de su equipo, se siente esperanzado por el inicio del próximo campeonato.

Todos podemos reconocernos un poco en el ejemplo de Julián. Quizás no sigamos con tanta pasión a un equipo, pero seguro habremos experimentado situaciones que nos generaron sentimientos similares.

Estas pueden ir desde dificultades cotidianas (conflictos con nuestra pareja, discrepancias con nuestro jefe, fracasos de cualquier índole) hasta grandes infortunios (la pérdida de nuestro trabajo, el fin una relación amorosa, el fallecimiento de un ser querido).

Síntomas que acompañan a la tristeza

Ante cualquiera de estas situaciones, la respuesta esperable es sentir tristeza y la pena. Es importantísimo y saludable que estas emociones aparezcan, ya que cumplen la función de avisarnos que nuestra realidad se ha modificado. Algo se ha perdido, y por lo tanto requiere nuestra atención.

La falta de energía, apetito, sueño y las dificultades para concentrarse son algunas de las manifestaciones físicas que suelen acompañar a la tristeza. Nos permiten confirmar que algo ha sucedido en nuestra vida: son alertas que nos invitan a bajar un poco el ritmo y escucharnos a nosotros mismos. De esta manera, contribuyen a procesar lo sucedido y, eventualmente, seguir adelante.

La situación experimentada por Julián los días posteriores a la derrota de su equipo es un cuadro de tristeza esperable y normal. Ha perdido algo que para él era importante, y por lo tanto deben pasar unos días hasta que su organismo se acostumbre a la nueva situación. Una vez que esto suceda, Julián retomará su ritmo de vida habitual.

Cuando la tristeza se intensifica…

Pensemos ahora en una situación diferente: ¿qué sucedería si Julián, en lugar de sentir su ánimo decaído por unos días, nota que su tristeza permanece? ¿Qué pasa si transcurren varias semanas y él continúa sintiéndose triste y agobiado de manera constante?

Si eso sucede, puede ser que comience a notar que lo que antes le gustaba, ya no le importa. Además, quizás sus rutinas de sueño y alimentación se alteren al punto tal de que se sienta cansado todo el día y haya comenzado a perder eso. Incluso, puede suceder que le esté resultando extremadamente difícil concentrarse y tomar decisiones. Como consecuencia, es probable que su rendimiento laboral comience a ser deficiente.

Como podemos imaginarnos, no pasará mucho tiempo hasta que esta situación comience a perjudicar su desempeño general. En el peor de los casos, podrían suspenderlo o despedirlo. En el mejor de los casos, su trabajo le parecería mucho más agotador. A su vez, la relación de Julián con su familia se volvería más tensa, lo que incrementaría su malestar y desesperanza.

Conociendo la depresión

El ejemplo anterior nos ayuda a clarificar la diferencia entre la tristeza normal, esperable, y la depresión. Si bien las señales y los signos de ambas son similares, la depresión se caracteriza por presentar una mayor cantidad de síntomas, con más intensidad. Esto conduce a un cambio disfuncional significativo en el nivel de actividad de la persona, el cual pasa a convertirse en el patrón estándar de dicho individuo. A diferencia de esto, cuando un sujeto experimenta un cuadro de tristeza, le es posible retornar a su estado normal en pocos días.

El término “depresión” viene del latín “depressio”, que significa presionar hacia abajo. Los episodios depresivos pueden clasificarse en leves, moderados o severos. Dicha clasificación depende de los siguientes factores: la cantidad de síntomas presentes al mismo tiempo, la severidad de los mismos y la reducción en la capacidad de funcionamiento que le generen al sujeto.

La Organización Mundial de la Salud (2017) considera a la depresión como una enfermedad cada vez más recurrente, afectando a más de 300 millones de personas en todo el planeta.

Tal es su gravedad, que se ha convertido en la primera causa de discapacidad en el mundo. Para entender esto, recordemos a Julián. A causa de la depresión, su capacidad para funcionar en las diversas áreas de su vida se vio reducida, lo que impactó negativamente en su calidad de vida.

Cuando una persona está deprimida, empieza a tener una visión negativa de sí misma, del mundo que la rodea y del futuro. La depresión pasa a ser el filtro a través del cual la persona procesa todo lo que le sucede. Como consecuencia, tiende a ver los hechos de su vida con una perspectiva negativa y desesperanzadora.

¿Cuándo recurrir a un profesional?

Una vez establecida la diferencia entre la tristeza y la depresión, podemos preguntarnos: ¿cuándo es necesario consultar a un profesional de la salud mental? Como hemos discutido, todos experimentamos infortunios, obstáculos y problemas que pueden generar tristeza. Sin embargo, la consulta es necesaria cuando los fenómenos y conductas asociadas a esa tristeza se cristalizan y afectan el nivel de funcionamiento de la persona de manera significativa.

Es decir, cuando la persona pierde la capacidad de sostener sus actividades en las diferentes áreas vitales, y se ve incapacitado de disfrutar sus momentos de ocio. También, cuando esas conductas comienzan a afectar la vida en pareja, la familia, el trabajo o la actividad social.

Las clasificaciones internacionales y los manuales de diagnóstico más utilizados comparten el siguiente criterio: si los síntomas antes mencionados:

  • Estado de ánimo decaído
  • Alteraciones en la rutina de sueño o alimentación
  • Incapacidad para sentir placer
  • Dificultad para concentrarse y tomar decisiones

se experimentan casi todos los días, la mayor parte del día, por un mínimo de dos semanas de manera constante, nos encontramos ante un posible episodio depresivo. Su presencia hace imprescindible una consulta con un profesional de la salud mental.

Existen otros síntomas que por su gravedad y potencial riesgo ameritan también una consulta inmediata, en estos casos, en un centro de atención de emergencias:

  • La ideación suicida persistente
  • Las conductas auto lesivas
  • Los intentos de suicidio.

Un camino con salida

En conclusión, la depresión es un fenómeno creciente. Si la pensamos como una enfermedad inevitable e irreversible, sin dudas caeremos en la desesperanza. Sin embargo, es importante atribuirle otro significado, ya que esta es una enfermedad que sí puede revertirse, para la cual existen tratamientos.

Como la depresión no afecta solamente a quien la padece, sino también a su entorno social, es importante revisar los prejuicios que cada uno de nosotros tiene con respecto a esta enfermedad. Es clave entender que quien sufre de depresión no está loco, ni es débil, ni es alguien que quiere llamar la atención. Tampoco se debe caer en la actitud de minimizar los síntomas de una persona que padece este cuadro con frases del estilo “sólo debes disfrutar un poco más de la vida”.

La depresión es un trastorno mental que requiere de un tratamiento específico. Hace varias décadas que la ciencia lo estudia, por lo que existen caminos eficaces para encararlo. El primer paso es pedir ayuda: consultar a un especialista. Si bien la decisión de acudir a un profesional se hace en soledad, es bueno recordar que el resto del camino se hará acompañado de personas que están ahí para ayudar.

Fuentes
World Health Organization (2017)
World Health Organization (2016) – International Classification of Diseases
American Psychiatric Association (2014) – DSM V


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Publicado por Alejandro Ciliberti

Licenciado en Psicología desde el año 2011. Matrícula Profesional: M.N. 53490 ARG. "Creo que la terapia puede y debe ayudar a mejorar la calidad de vida y superar los diferentes problemas y obstáculos con los que nos encontramos a lo largo de la vida."